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  Laicismo, religión y masonería

 

«La masoneria adogmatica se ha declarado laica, que en ningun caso significa antirreligiosa y no impone ninguna interpretación dogmática de los símbolos en que los francmasones sustentan su trabajo. Cada Francmasón interpretará la invocación al Gran Arquitecto del Universo y todos los símbolos según le dicte su conciencia, con el mayor respeto hacia las diferentes interpretaciones y hacia quienes las sustentan. Tiene como principios la tolerancia mutua, el respeto de los demás y de uno mismo, y la absoluta libertad de conciencia.  Y defiende la más absoluta libertad de conciencia y de pensamiento»

La masonería no es una religión ni un sustituto de la religión. No impone ni recomienda ninguna fe o la falta de ella. Así pues, un masón puede profesar la religión que desee o ninguna sin entrar en contradicción con los principios masónicos.

La masoneria adogmatica se ha declarado laica, que en ningun caso significa antirreligiosa.

El laicismo reposa en el principio de la libertad absoluta de conciencia. Libertad de espíritu: emancipación respecto de todos los dogmas: derecho a creer o no creer en Dios; autonomía del pensamiento frente a las limitaciones religiosas, políticas, económicas; liberación de los modos de vida en relación con los tabúes, ideas dominantes e ideas dogmáticas.

La “laicidad” intenta liberar al ciudadano de todo lo que aliena o pervierte el pensamiento, especialmente las creencias atávicas, los prejuicios, las ideas preconcebidas, los dogmas, las ideologías opresoras, las presiones de orden cultural, económico, social, político o religioso, trata de desarrollar en el ser humano, en el cuadro de una formación intelectual, moral y cívica permanente, el espíritu crítico así como el sentido de la solidaridad y de la fraternidad.

“La Masonerá tiene mucho que ofrecer. Sin olvidar las miserias del mundo en los tiempos actuales, tiende verdaderamente a la universalidad, pues se ocupa de lo que hay de eterno en el hombre, en todos y cada uno de los hombres.”
 
Freddy De Greef

La masonería respeta sobremanera a los creyentes y a las iglesias, defiende su derecho y su deber a su auto-gestión y auto-financiación, para que, en plena libertad puedan desarrollar sus actividades sin ingerencias externas.

Sin embargo, algunas iglesias, en especial la católica, si son combativas contra la masonería, principalmente esgrimen una razón: “Los masones tienen un concepto de la divinidad opuesto al de la revelación judeo-cristiana. No aceptan al Dios Trino, único y verdadero. Su deidad es impersonal. El falso dios de la razón.”

Sin embargo, algunas iglesias, en especial la católica, si son combativas contra la masonería, principalmente esgrimen una razón: “Los masones tienen un concepto de la divinidad opuesto al de la revelación judeo-cristiana. No aceptan al Dios Trino, único y verdadero. Su deidad es impersonal. El falso dios de la razón.”

Pueden consultar los documentos donde el catolicismo prohíbe la masonería:

- Clemente XII, In Eminenti, 24 abril, 1738.

- Benedicto XIV, Providas, 18 mayo, 1751.

- Pío VII, Ecclesiam a Jesu Christo, 13 sept., 1821.

- León XII, Quo Graviora, 13 marzo, 1825.

- Pío VIII, Traditi Humilitati, encíclica, 24 mayo, 1829.

- Gregorio XVI, Mirari Vos, encíclica, 15 agosto, 1832.

- Pío IX, Qui Pluribus, encíclica. 9 nov., 1846.

- León XIII, Humanum Genus, encíclica, 20 abril, 1884.

- León XIII, Dall’alto dell’Apostolico Seggio, encíclica, 15 de octubre 1890.

- León XIII, Inimica Vos, encíclica 8 diciembre, 1892.

- León XIII, Custodi Di Quella Fede, encíclica 8 diciembre, 1892.

* Otras religiones, especialmente las monoteistas, han condenado igualmente la masonería. 

 

I.- LA HISTORIA

 

La reivindicación laica se ha desarrollado esencialmente allí donde una iglesia (con mayor frecuencia, la católico-romana) ha querido imponer un poder totalitario en sentido estricto, es decir, que englobe todos los aspectos de la sociedad civil, política, económica… allí donde la religión se ha convertido en poder.

Frente a este poder se han manifestado sucesivos impulsos de liberación, unas veces política, otras espiritual o ambas a la vez. En la Edad Media, nacieron en el seno de la Iglesia Católica algunos movimientos inmediatamente calificados como heréticos yrápidamente sofocados. De los primeros reformadores a los filósofos del siglo XVIII, la idea evolucionó, permaneciendo, no obstante, asociada a un doble movimiento emancipador:

 

 ∆   el del librepensamiento, que se liberaba poco a poco de los dogmas.

 ∆   el de una sociedad que reivindicaba las libertades políticas.

 

Frente a esto, la Iglesia Católica, dirigida por un papado enganchado a un poder temporal ni siquiera reconocido por sus textos fundacionales, se fue encerrando cada vez más en un rechazo total, una negación definitiva de todo movimiento emancipador.

La más que milenaria alianza entre el trono y el altar hizo inevitable la contestación religiosa desde el mismo momento en que se patentizaba la contestación política.

En este estado espiritual, los filósofos del siglo XVIII, animados por el espíritu de las Luces, efectúan un doble asalto ideológico contra las dos formas de absolutismo, regia y religiosa. La reivindicación de la libertad de pensar y la referencia a la Razón radicalizan este movimiento.

En el siglo XIX, la progresiva formación de la idea republicana, su anclaje en la plataforma de las libertades revolucionarias, del progreso social, de la liberación de los espíritus de toda forma de oscurantismo, dio el toque final a esta evolución.

La separación de las iglesias y el Estado habría podido ser el símbolo de de acabamiento de una etapa esencial, de no haber sido cuestionada constantemente, directa o indirectamente, por los ataques de todos los que están convencidos de que el hombre es incapaz de asumir plenamente los efectos de su libertad absoluta de conciencia.

Si en muchas ocasiones en la historia todos los grandes combates por la libertad y la justicia fueron portadores de la exigencia de “laicidad”, todos los períodos reaccionarios viraron por oposición al regreso de la dominación religiosa. La dictadura de Franco, entre ellos.

Renacimiento, Reforma, Revolución, República: estas diferentes etapas de la formación del ideal laico han dado al ciudadano un sitio particular en la Europa en construcción. El problema actual en este sentido es claro:

 

 ∆   o renuncia a esta especificidad y abandona el enorme progreso ya alcanzado en la historia.

 ∆   o se convence de que la idea laica, lejos de suponer un freno para la integración europea, puede ser, al contrario, una enorme aceleración de la marcha hacia la unidad.

 

II.- LOS VALORES LAICOS

 

El humanismo laico reposa en el principio de la libertad absoluta de conciencia. Libertad de espíritu: emancipación respecto de todos los dogmas: derecho a creer o no creer en Dios; autonomía del pensamiento frente a las limitaciones religiosas, políticas, económicas; liberación de los modos de vida en relación con los tabúes, ideas dominantes e ideas dogmáticas.

La “laicidad” intenta liberar al niño y al adulto de todo lo que aliena o pervierte el pensamiento, especialmente las creencias atávicas, los prejuicios, las ideas preconcebidas, los dogmas, las ideologías opresoras, las presiones de orden cultural, económico, social, político o religioso.

La “laicidad” trata de desarrollar en el ser humano, en el cuadro de una formación intelectual, moral y cívica permanente, el espíritu crítico así como el sentido de la solidaridad y de la fraternidad.

La libertad de expresión es el corolario de la libertad absoluta de conciencia. Es el derecho y la posibilidad material de decir, escribir y difundir el pensamiento individual y colectivo. Las nuevas técnicas de comunicación hacen que esta exigencia sea cada vez más vital. Y en este campo de la información y de la comunicación más que en otros, ha de extremarse la vigilancia frente a los enormes medios de manipulación y perversión del pensamiento.

La moral laica que resulta de aquí es simple. Reposa en los principios de tolerancia mutua y de respeto a los otros y a sí mismo. El bien es todo lo que libera, lo que abre; el mal, todo lo que esclaviza y degrada. La “laicidad” trata, en este contexto, deproporcionar al hombre los medios para adquirir total lucidez y plena responsabilidad sobre sus pensamientos y actos.

Fundada sobre las necesidades de la vida en sociedad y la promoción de la libertad individual, la “laicidad” es esencial para la construcción de la armonía social y para reforzar el civismo democrático. Tiende a instaurar, por encima de las diferencias ideológicas, comunitarias o nacionales, una sociedad humana favorable al desarrollo de todos, sociedad de la que serán excluidos toda explotación o condicionamiento del hombre por el hombre, todo espíritu de fanatismo, de odio o de violencia.

Ciertamente, la tolerancia es la consecuencia lógica de los valores precedentes, sin los cuáles la armonía social está en peligro. Pero la tolerancia sólo tiene sentido si es mutua, y tendrá siempre como límites la intolerancia, el rechazo del otro, el racismo y el totalitarismo.

El rechazo del racismo y de la segregación bajo todas sus formas es inseparable del ideal laico. La sociedad nueva que queremos no puede ser la simple yuxtaposición de comunidades que a lo mejor se ignoran, a lo peor se exterminan. Ninguna sociedad de paz puede construirse sobre la separación definitiva de grupos culturales, lingüísticos, religiosos, sexistas u otros. Es demasiado fácil el paso de separación a segregación, a rivalidades y conflictos. Y esto incluso si la separación es presentada como necesidad vital de desarrollo.

El ideal laico no puede, en ningún caso, acomodarse a la idea de “desarrollo por separado”, con frecuencia practicado en sociedades de tipo anglosajón. El principio mismo de “discriminación positiva” no sabría constituir en sí mismo una solución para la liberación de un grupo. El único medio de desarrollo social es la integración, diferente a la asimilación, la participación de todos en una colectividad de ciudadanos libres e iguales en derechos y deberes. Los únicos grupos sociales aceptables descansan en la elección, la libre pertenencia y la apertura.

La ética laica conduce, en fin, inevitablemente a la justicia social: igualdad de derechos e igualdad de oportunidades. Educación laica, escuela, derecho a la información, aprendizaje de la crítica son las condiciones para esta igualdad.

 

III.- LAS PRÁCTICAS LAICAS, UN ESTATUTOS CÍVICO Y SOCIAL

 

Más allá de los principios, la “laicidad” es una actitud cuyos campos de aplicación abarcan todos los aspectos de la sociedad. El principio de este estatuto cívico, jurídico, institucional, es simple. Reposa sobre la distinción clara, para cada ciudadano, entre una esfera pública y una esfera privada: 

 

 ∆   La esfera privada, personal, la de la libertad absoluta de conciencia, donde se experimentan las concepciones filosóficas, metafísicas, las creencias, las eventuales prácticas religiosas y los modos de vida comunitarios.

 ∆   La esfera pública, ciudadana, en la que el ciudadano evoluciona socialmente, económicamente, políticamente, jurídicamente. Aquí las reglas están claramente definidas y basadas en los Derechos del Hombre. Ningún grupo, ningún partido, ninguna secta, ninguna iglesia podrán pretender penetrar o manipular en provecho propio el funcionamiento de la sociedad ciudadana así definida.

 

La separación de las iglesias y el Estado es la piedra angular de la laicización de la sociedad. No debería sufrir ni excepción, ni modulación ni planificación. Su totalidad, su integralidad son la condición para su existencia misma. Es la única manera de permitir a cada uno creer o no creer, liberando a las mismas iglesias de lógicas de alianzas convencionales con el Estado. Si las iglesias quieren existir, que sus fieles les provean con sus medios, pues la religión es asunto de convicción personal.

Si el Estado garantiza la total libertad de cultos y la expresión y difusión del pensamiento, no privilegia a ninguno, a ninguna comunidad, ni financiera ni políticamente. No es incumbencia del Estado regular las relaciones entre las iglesias, desde el momento en que no reconoce a ninguna. En el marco general de sus atribuciones políticas, el Estado vela por el ejercicio de las libertades individuales de cada uno, por el orden público y por la armonía social entre los ciudadanos.

Desde el momento en que el Estado considera que la religión es asunto privado, no susceptible de atraer su atención sino cuando sus manifestaciones pudieran atentar contra el orden público, en toda lógica las iglesias no pueden reivindicar ninguna ventaja, ningún privilegio, ningún trato especial. Menos aún pueden ser dotadas de estatutos oficiales aparte de la ley común que rige la libertad de asociación. Finalmente, la ley estatal no debería reconocer como delitos la blasfemia o el sacrilegio, lo que llevaría inevitablemente a la institucionalización de la censura.

La primera manifestación del carácter laico de un país es la independencia del Estado y de todos los servicios públicos respecto a las instituciones o influencias religiosas (es el concepto del laicismo en el DRAE).

La laicización de los estatutos individuales, como servicios considerados indispensables para el funcionamiento de la sociedad, ha sido uno de los aspectos esenciales del ejercicio de la libertad y de la igualdad de derechos:

 

 ∆   Nacimiento, vida y muerte son considerados no ya únicamente bajo el ángulo de la religión o de la pertenencia comunitaria, sino bajo el de la libertad individual.

 ∆   Se subraya la igualdad de todos ante los servicios públicos. La eventual pertenencia a un grupo religioso, étnico, social… no puede ser tenida en cuenta en lo que concierne al acceso de los usuarios. La mención oficial de dicha pertenencia debe ser considerada discriminatoria. Parece evidente que la noción misma de servicio público está estrechamente ligada a la práctica de la “laicidad”.

 ∆   La ley civil es la única habilitada para organizar los campos de la vida cívica y social. Los representantes del Estado, elegidos o funcionarios, respetan como contrapartida, en el ejercicio de su función, una absoluta neutralidad frente a las prácticas individuales o colectivas y observan una estricta obligación de reserva.

 ∆   Finalmente, la escuela laica debe ser preservada de toda penetración económica, confesional o ideológica, incluso disfrazada de cultura. La escuela no es lugar de manifestación ni enfrentamiento de las diferencias; es un lugar donde se suspenden, de común acuerdo, los particularismos y las condiciones de hecho. La escuela debe proscribir toda forma de proselitismo.

 

Todo lo anterior no quiere decir que el Estado niegue las pertenencias comunitarias. Existen de hecho y son respetables con tal que no desafíen los principios de libertad individual, de dignidad humana, de igualdad. IV.- El futuro. Nuevos campos de aplicación

En un mundo caracterizado por las más profundas agitaciones de estructuras económicas, políticas, sociales y culturales que han conocido los siglos, la “laicidad” aparece como la respuesta a esta pregunta fundamental: ¿Qué hacer para superar la inquietud, la angustia, la indiferencia, el abandono de la noción de responsabilidad, la violencia?

En una sociedad cada vez más multicultural, la “laicidad” puede enseñar a los individuos a cooperar, a encontrar modalidades de buen entendimiento y a armonizar sus diferencias. Hemos descrito ya los peligros del comunitarismo. Ahora vemos nuevamente que los nacionalismos despiertan y se desarrollan en Europa, alimentándose de odios religiosos y étnicos. Queda la “laicidad” como única idea susceptible de respaldar las condiciones para una paz estable.

Queda aún mucho por hacer, en la misma Unión Europea, donde tan raros son los países cuyos dispositivos jurídicos y políticos se aproximen al sistema laico, o puedan evolucionar en este sentido. Las lógicas concordatarias en materia de religión siguen siendo las dominantes. Sin embargo, algunas señales nos mueven a afirmar que la evolución es posible: modificación de la ley de nacionalidad en Alemania, interrogantes cada vez más numerosos en dicho país sobre la fiscalidad religiosa. En Francia incluso –patria del concepto-, la idea de “laicidad” está lejos de ser universalmente aceptada. Debe aún ser defendida y entendida.

La intervención, cada vez más frecuente, del aparato judicial para regular especialmente problemas ligados a prácticas comunitarias (portar el velo islámico, retirada de crucifijos de las escuelas públicas…) es inquietante.

Los progresos de la ciencia deben poder ser liberados de toda influencia de grupos de presión, especialmente religiosos. El interés general y el respeto a la persona humana deben ser los únicos marcos de este progreso.

La laicización del estatuto de los cuerpos (amor y sexualidad, muerte, enfermedad) no ha concluido. La libre disposición de su cuerpo, las modalidades sociales de la vida de las parejas y familias, las garantías fundamentales de las libertades en ese marco, los derechos y dignidad de los niños, son otros tantos campos de aplicación de una “laicidad” garantía única de la libertad de los espíritus y los cuerpos.

En la composición de los comités de ética que son creados aquí y allá, es importante privilegiar la elección de sus miembros en función de su competencia y no de sus convicciones. El objetivo de estos comités ¿no es velar para que se den las condiciones necesarias y suficientes para el ejercicio de las libertades y el respeto a la dignidad humana, antes que tratar de mantener complicados equilibrios entre comunidades rivales?

 

 ∆   “Laicidad” no es un concepto obsoleto sino, al contrario, una idea de progreso ante la cuál se abren múltiples campos de aplicación.

 ∆   La “laicidad” es institucional. Es un marco legal, una regla de juego. Sus reglas son aplicables al conjunto del cuerpo social y no es el resultado de contratos evolutivos entre comunidades o grupos. No hay más que una sola “laicidad” que no puede ser calificada: no puede ser ni “nueva”, ni “plural”, ni “positiva”.

 ∆   "Laicidad” es una noción que reposa sobre principios humanistas forjados durante el curso de la historia. Es una fuerte afirmación de sentido y valor al servicio de la libertad individual. Es el más seguro garante de la paz civil. Conlleva moral personal y ética social. Es acción y voluntad, en ocasiones resistencia; resistencia contra la comodidad de la renuncia, contra el confort del pensamiento único.

 

  Masonería y Educación

 
Masonería y Educación

«Fueron los maestros masónicos quienes pusieron a sus estudiantes en los arcanos de la gramática, la retórica, la aritmética, la geometría o los temas sociales y políticos..»

En la era de la Edad Media, además del clero y algunas excepciones, sociedades enteras se sumían al analfabetismo, y el sistema educativo no existía en absoluto, fueron los constructores de catedrales quienes desempeñaron un papel clave en el desarrollo y la transferencia del canon del conocimiento contemporáneo.

Fueron los maestros masónicos quienes pusieron a sus estudiantes en los arcanos de la gramática, la retórica, la aritmética, la geometría o los temas sociales y políticos.

Más tarde, nuevamente, esta vez la masonería especulativa cumplió una función clave en el desarrollo del sistema de educación pública.

La Masonería no solo es un sistema de moral revestido de símbolos. Es una escuela completa, en la que se han formado hombres y mujeres, cuya incidencia en la vida social es evidente. 

La Masonería, a lo largo de su historia ha combatido las estructuras educativas fundamentalistas y dogmáticas. Hoy, además del dogmatismo debe luchar, con nuevas armas, para superar la crisis que sufre la humanidad, cuando la razón se ha convertido en racionalidad instrumental, empobreciendo el mundo de la vida en las esferas de lo moral y de lo estético, y propiciando la ceguera del conocimiento por la superespecialización que no deja ver la complejidad de la realidad en toda su dimensión. 

No olvidemos que la Masonería es la escuela mejor estructurada y más poderosa que produjo la modernidad para salvaguardar y desarrollar sus ideales progresistas. Por eso, para redefinir el sentido de la humanidad en las actuales circunstancias, es necesario reorientar la investigación en el seno de esta Augusta Institución, donde gravita una pedagogía que hemos denominado autoconstructivismo liberal, indispensable para abordar una educación sostenible en el futuro. 

La Masonería comparte el planteamiento según el cual la educación es la alternativa principal para conquistar un desarrollo humano más armonioso, más genuino, para hacer retroceder la pobreza, la exclusión, las incomprensiones, las opresiones, el fanatismo y las guerras. La educación, la ciencia y la tecnología son factores esenciales en el camino hacia la paz y el desarrollo humano con equidad. 

Si se estudia el significado de la educación a través de nuestra historia, si analizamos las propuestas que se han planteado, las polémicas que se han desatado, y los debates públicos que se han realizado, encontraremos que estos son elementos indispensables para hacer propuestas viables y concretas para el presente, y son las bases para proyectar el futuro, con el objetivo central de considerar la educación como un propósito nacional y/o universal. 

Solo de esta manera la educación puede responder el trascendental reto que enfrenta en este momento, esto es, la superación de las grandes tensiones de hoy entre lo local y lo mundial, entre lo universal y lo singular, entre la tradición y la modernidad, entre el largo plazo y el corto plazo, entre la indispensable competencia y la preocupación por la igualdad de oportunidades, entre el extraordinario desarrollo de los conocimientos y la capacidad de asimilación del ser humano, en fin, entre lo espiritual y lo material. 

Para analizar los antecedentes, programar el presente y proyectar el futuro, nos debemos preguntar: ¿Cuál es el verdadero sentido de la educación?, ¿Qué significado tiene para nosotros como seres humanos?, ¿Se compadece ese nivel de instrucción elemental con una aspiración realmente sentida?. 

La educación a través del tiempo se ha visto afectada por las tendencias económicas de los pueblos. En la actualidad para la mayoría de los analistas el modelo de desarrollo neoliberal es incompatible con el necesario fortalecimiento de los sectores sociales del desarrollo. Pero el Banco Mundial lo mira de otra manera: “El buen funcionamiento de los mercados engendra en forma usual y natural una mayor justicia social”. La distancia entre las citas de los expertos y la realidad social al parecer cada vez se amplía más. El neoliberalismo privilegia al mercado sobre el estado y promueve la inserción internacional a costa de una enorme fragmentación social, considera que el crecimiento económico lleva al desarrollo y a la equidad social, posterga la solución de los problemas de desigualdad y pobreza con la ilusión de que la libre competencia da lugar a una mayor justicia social. No se debe globalizar la pobreza, el analfabetismo, el desempleo, el fanatismo, la exclusión social. Globalicemos el bienestar, la libertad, la igualdad y la fraternidad. Los países desarrollados deben encauzar sus esfuerzos hacia la generalización de una vida digna, que ella sea un valor para el servicio de todos. La globalización ha arrojado resultados nada satisfactorios, veamos algunos indicadores: la participación en el ingreso del 20% más rico de la población mundial es del 87% cuando en la década de los años sesentas era del 60%. El coeficiente de desigualdad o de Gini ha ascendido dramáticamente entre la década del 60 y la del 90, pasó de 0,69 a 0,87. Cuando la esperanza de vida en Sierra Leona es de 33,6 años, en el Japón es de 79,8 años. Cuando la alfabetización en los países ricos llega casi al 100%, en Níger es del 13%. Cuando en Ruanda el ingreso per capita es de US$352, en Luxemburgo es de US$34.153. Si el índice de desarrollo humano, según la ONU, se refiere a tres aspectos: educación, nivel de ingresos y esperanza de vida, entonces ¿Qué es lo que estamos globalizando? 

Esa es la dura realidad, la pregunta obligada es ¿Cómo debemos emprender el camino para cambiar esta situación, desde nuestra Orden Masónica, y buscar el bienestar y el sentido de la vida para todos? 

La respuesta está en el factor educación, la educación desde su base más elemental es pilar fundamental para la formación del nuevo ciudadano. En la Masonería consideramos que trabajando en la educación se puede dar la transformación del hombre para llegar a una humanidad más civilizada. 

La educación para el nuevo milenio tiene que estar basada en los cinco pilares que propone la UNESCO: 

 

 ∆   Aprender a conocer, 

 ∆   Aprender a vivir juntos, 

 ∆   Aprender a vivir con los demás, 

 ∆   Aprender a ser, 

 ∆   y Aprender a hacer. 

 

Aprender a conocer. Esto tiene gran importancia, no se trata solamente de acumular información, sino de buscar el significado de las cosas. Se trata de que la persona sea capaz de pensar, interrogarse, de inquietarse, de tomar decisiones y de llegar a conclusiones. Esto es llegar al conocimiento. 

En Masonería nosotros aceptamos como verdad, todo lo que puede probarse por la ciencia, la experiencia, o demostrado por la inteligencia, que aquí es, la facultad de penetrar en el porqué de las cosas lo más hondamente. Se es más veraz, más razonable, cuanto más se penetre y se analice la cosa estudiada. 

Aprender a vivir juntos. Como dice nuestra liturgia de primer grado, el grado de aprendiz: “El hombre debe conocer, amar y respetar a sus semejantes. Conociéndolos verá en cada hombre un hermano, igual suyo en pasiones y debilidades y por tanto falible y necesitado de apoyo o de enseñanza. Debe amarlos, esto es, esforzarse por destruir la superstición y el fanatismo… Debe también respetarlos, no coartando jamás el legítimo ejercicio de los derechos o el racional desarrollo de las facultades de un semejante, para que el progreso indefinido de la humanidad no se interrumpa”. 

Aprender a vivir con los demás. Aquí es crucial el tema de la laicidad en la educación: “Los estados deben ser laicos, procurando o manteniendo en sus constituciones y leyes, principios que permitan la convivencia pacífica de todos los credos. Que se de la formación de personas con libertad de conciencia sin preconceptos, para que puedan ser ciudadanos libres y abiertos a un ideal de paz y libertad entre los pueblos”. Aprender a vivir juntos, aprender a vivir con los demás. No se trata de la utópica sociedad sin conflictos. El conflicto y la violencia son componentes de la condición humana que se pueden mitigar por la utilización de nuestros impulsos, también naturales, como son, los de cooperación y fraternidad. Se trata de aprender a analizar y superar los conflictos. Las estadísticas informan que en los últimos 25 años se han presentado miles y miles de homicidios. ¿Tendrá nuestra educación la obligación de reflexionar sobre esta tragedia y aportar alternativas de solución? 

Aprender a ser. En nuestra liturgia del grado de aprendiz masón se pregunta: “¿Qué se debe el hombre a si mismo”, respondiendo así: ” El hombre tiene para consigo mismo el deber de estudiar, de instruirse, de procurar su desarrollo físico, moral e intelectual. Debemos esforzarnos por llegar a conocernos a nosotros mismos, para corregir nuestros defectos y debilidades, y vigorizar nuestra dignidad, de modo de tener absoluta conciencia de cuales son nuestras obligaciones y nuestros derechos, para reclamar éstos con energía y entereza y no excusar nunca el cumplimiento de aquellas”. 

Una corriente de pensamiento filosófico, llamada “El Realismo Estético”, fundada en 1949 en la ciudad de Nueva York, por el filósofo americano Eli Siegel, sostiene que hay cuatro principios básicos que toda persona debe saber y entender para poder realizarse como persona. Con el conocimiento de estos principios básicos se puede eliminar en la humanidad la injusticia, la violencia, el racismo, el fanatismo, la intolerancia, …., etc. 

 

 ∆   Toda persona está siempre tratando de unir opuestos en sí misma. 

 ∆   Toda persona, para respetarse a sí misma, tiene que ver al mundo como bello, bueno, o aceptable. 

 ∆   En toda persona hay una disposición de pensar que se engrandecerá a si mismo más, menospreciando el mundo exterior. 

 ∆   Toda belleza es la unión de opuestos, y el unir opuestos es lo que estamos tratando de lograr siempre en nosotros mismos.

 

Sostiene el Realismo Estético que el mundo, el arte, y el ser humano se explican uno al otro; cada uno es la unidad estética de los opuestos. Entendiéndose por unidad estética la unión armoniosa, sin conflictos y que se complementan entre si para trabajar juntos, a pesar de ser contrarios por naturaleza. 

La Masonería siempre ha tenido como norma de conducta, lo justo, lo bello y lo verdadero. Ella en esencia es una institución eminentemente formadora, docente por excelencia, consagrada a través de los siglos a la noble y generosa tarea de formar un tipo ideal de hombre culto, solidario, fraternal, tolerante, amante de la verdad y la belleza, libre de prejuicios y dogmas. 

Aprender a hacer. Pero el solo conocimiento no es suficiente, no hacemos nada con saber muchas cosas, sino ponemos en práctica esos conocimientos. Debemos pasar de la teoría a la práctica, de la teoría a la acción. Por ello la joya esencial del masón en el Tall:. es el mandil, símbolo de amor al trabajo, de superación, de alegría por el deber cumplido. El método de trabajo masónico representa uno de los mejores instrumentos del perfeccionamiento humano. Lo que quiere decir que la masonería no es solo teoría, también es práctica, se habla con hechos, con acciones. No solo es buen masón el que estudia, investiga y escribe, se necesita que brote su espíritu filantrópico y caritativo. En masonería el trabajo es simbólico, filosófico, espiritual pero real, hay que poner en práctica lo que se estudia y se aprende en las logias, llevarlo a la familia, a su trabajo, a la sociedad en general. Los masones trabajan en logias intercambiando opiniones diversas para forjarse un criterio, y luego al exterior los masones transmiten sus ideas al mundo profano 

La filosofía más práctica, hermosa y funcional del mundo no produce frutos, no produce resultados por si sola, es letra muerta si no se pone el trabajo, esto es, si no desemboca en la acción transformadora, en el trabajo creativo. La educación abarca muchos terrenos, pero no cultiva nada de él. Un anónimo dejó el siguiente pensamiento: “El trabajo es la base de todo comercio, la fuente de toda prosperidad y el padre del genio. El trabajo puede hacer más para hacer progresar a la juventud que sus propios padres, por más ricos que sean. Está representado en los ahorros más humildes y ha establecido los cimientos de cada fortuna. Es la sal que da su sabor a la vida pero debe ser amado antes de que pueda ceder su mayor bendición y lograr sus máximos logros. Cuando se le ama, el trabajo hace dulce, determinada y fructífera la vida”. 

El verdadero Masón no nace, se hace. Debemos seguir trabajando, pero con más tesón, en todas las esferas y a todo nivel en la formación de nuevos y más masones, hasta lograr una mayoría significativa que permita cambiar la tendencia hacia un mundo mejor en toda la humanidad. 

Para nuestro caso, es evidente que tenemos que estudiar más detenidamente cuál ha sido la orientación de la educación, cómo se han adoptado las políticas públicas en ese sector, cuáles han sido los aportes desde las diferentes vertientes políticas y sociales, y cuales son las alternativas de solución para las graves deficiencias que actualmente tenemos desde el punto de vista cualitativo y cuantitativo, pero fundamentalmente para definir el sentido de la educación, sus propósitos y objetivos.

Los grandes ideales de la Masonería, como los ideales progresistas de la Modernidad, no se han cumplido. Por tanto, hay que extender esos ideales por la vía de una renovada Teoría Crítica de la Sociedad, aplicada a nuestras realidades concretas. En este sentido, cumplamos lo que decía el ilustre Masón, José Martí: «Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas».