A  L .·. G .·. D .·. G .·. A .·. D .·. U .·.

Decálogo Moral Masónico

 

«La igualdad ante la ley y la igualdad de oportunidades son ideales democráticos, y son deberes inherentes al quehacer masónico.»

Que entendemos como pobreza y como la medimos, son aspectos importantes de tratar, pues en base a estos conceptos establecemos mediciones, objetivos y acciones que determinarán el futuro de muchas personas.

Políticas públicas y proyectos privados que marcarán el futuro económico y social de muchos se implementarán en base a estas mediciones y generarán ingresos que serán determinantes a la hora de medir la evolución de las personas no sólo en cuanto a sus ingresos sino a su bienestar social.

Esta pregunta aparentemente tan sencilla tiene una respuesta compleja. 

Hoy en día se entiende la pobreza como algo más que la falta de ingresos. 

La pobreza se refiere también a la equidad, o la falta de equidad.

Vivir en la pobreza significa que uno tiene más probabilidades de morir a causa de enfermedades prevenibles, de tener una tasa más alta de mortalidad infantil, de no poder acceder a una educación y de carecer de vivienda adecuada. 

También significa mayor vulnerabilidad al delito y la violencia, acceso inadecuado o carencia de acceso a la justicia y los tribunales, así como la exclusión del proceso político y de la vida de la comunidad. La pobreza se refiere también al poder: quién lo ejerce y quién no, en la vida pública y a puertas cerradas.

Para comprender las modalidades arraigadas de la discriminación y hacerles frente, modalidades que sentencian a los individuos, las comunidades y los pueblos a generaciones de pobreza, es esencial llegar al centro mismo de las complejas tramas de las relaciones de poder en las esferas política, económica y social.

La pobreza es una situación o forma de vida que surge como producto de la imposibilidad de acceso o carencia de los recursos para satisfacer las necesidades físicas y psíquicas básicas humanas que inciden en un desgaste del nivel y calidad de vida de las personas, tales como la alimentación, la vivienda, la educación, la asistencia sanitaria o el acceso al agua potable.

También se suelen considerar la falta de medios para poder acceder a tales recursos, como el desempleo, la falta de ingresos o un nivel bajo de los mismos. También puede ser el resultado de procesos de exclusión social, segregación social o marginación.

 

Cuando uno se da cuenta hasta qué grado de degeneración hemos llegado en el Occidente moderno, resulta fácil comprender cuántas cosas de orden tradicional y, con más razón, de orden iniciático, no pueden subsistir más que en estado de vestigios, más o menos incomprendidos incluso por aquellos mismos que los guardan ...

René Guénon
Aperps sur l'initiation

En muchos países del tercer mundo, la situación de pobreza se presenta cuando no es posible cubrir las necesidades incluidas en la canasta básica de alimentos. La situación persistente de pobreza se denomina pauperismo. La aplicación del concepto de pobreza a unos países frente a otros se denomina subdesarrollo (países pobres).

Ahora bien, para nosotros los masones que somos una organización social que sustenta los postulados de Libertad, Igualdad y Fraternidad y, en consecuencia, propugna la justicia social, combatiendo los privilegios y la intolerancia; estamos obligados a practicar la solidaridad humana y el deber de estar en un lugar de avanzada en el proceso evolutivo e integrador del hombre y de la sociedad. Anhelamos la eliminación de prejuicios de toda índole y reconociendo al trabajo como un derecho y un deber esencial de todo hombre y la vía más eficaz de progreso social. Dado este fundamento constitucional no puede ser de otra manera que, más que el combate de la pobreza, ya que debemos admitir que siempre existirán pobres en el mundo, debemos hacernos cargo del combate a los privilegios, de luchar incansablemente en contra de las discriminaciones, en especial la “Condición de Cuna” que tan marcadamente actúa en nuestra sociedad, condenando a muchos a un esfuerzo estéril por lograr romper la barrera de la pobreza. 

Es innegable que, a lo largo de estas palabras, hemos podido constatar que dada la propia condición humana y la libertad de hacer y pensar de cada ser humano, es innegable que existirán siempre personas y lamentablemente familias sumidas en una condición de pobreza, sin embargo no es posible permitir que éstas mismas familias no tengan siempre la igualdad de oportunidades para dejar su condición. En conclusión la desigualdad o discrimen es un medio de presión por el cual los miembros de las altas esferas o estratos sociales impiden que las personas que están en las esferas bajas puedan subir. Esto hablando de cualquier tema, es decir, política, ambiental, economía, cultural y educativa entre otras muchas. En tanto las personas de las clases bajas luchan por llegar arriba para gozar de los beneficios que una sociedad capitalista rinde a unos pocos.

La desigualdad, definida como la existencia de diferencias, es omnipresente en la naturaleza, según Gandhi.

Tenemos que pensar y luchar por la igualdad, precisamente porque existe una gran desigualdad en el mundo físico. Que los hombres no son iguales es sólo una verdad a medias, la otra mitad es que lo son. La interconexión de las diferentes dimensiones de la desigualdad es una alternativa para comprender la complejidad de este fenómeno. También muestra que el combate contra la desigualdad tiene que articular acciones en los tres ámbitos: en el aspecto micro social, en el nivel intermedio y en el ámbito macro social.

A pesar que muchas Constituciones Políticas y Democráticas en muchas Naciones del planeta hacen una clara referencia a que: “todos los hombres fueron creados iguales y nacen libres”, sabemos que en muchas formas la gente no es igual entre sí. No nace con iguales oportunidades y potencialidades para aprender y lograr cosas, tampoco nace en ambientes sociales igualmente sanos y favorables. Sin embargo, la igualdad ante la ley y la igualdad de oportunidades son ideales democráticos fuertemente protegidos y defendidos por las fuerzas progresistas, y son deberes inherentes al quehacer masónico. De allí la fuerza y absoluta vigencia de nuestra premisa: Libertad, Igualdad y Fraternidad.

 

LA MASONERÍA COMO FACTOR PRINCIPAL EN LA CIVILIZACIÓN Y EL PROGRESO DE LOS PUEBLOS

 

No es con un simple objeto de beneficencia a lo que nos reunimos; la masonería no es una organización de beneficencia, como tampoco es una religión; las religiones se encuentran basadas sobre dogmas, y los dogmas son las arcas de hierro en que se encierra el pensamiento, encadenándose este pensamiento en toda clase de religiones; en la masonería éste es esencialmente libre, pues cada uno de los que la forman piensa y cree lo que quiere, la conciencia reina allí como soberana, manifestándose libremente, porque la institución tiene por objeto buscar en todas las cosas la verdad por el concurso de todos y por una recíproca enseñanza, en una palabra, es una escuela mutua.

La masonería ha hecho grandes servicios a la humanidad y ésta espera aún mayores. De su seno es de donde han salido hombres de genio, creadores e ilustres pnsadores.

Definida de este modo la institución a que nos honramos pertenecer, por uno de los hombres más eminentes de la literatura francesa, ¿qué hemos de decir nosotros que no sea un pálido reflejo de lo que en sustancia y esencia en sí abarca tal pensamiento?

Todas las ideas, tanto políticas como religiosas o de cualquier carácter que sean, han hecho su aparición en la sociedad sobre la base de la correlación de fuerzas y de la coyuntura, en otras palabras contingente: dos o más individuos las han aceptado, y en virtud de los beneficios que idealmente prejuzgaron reportaría a los demás hombres, y mujeres, pasando a desarrollarlas, expandirlas y popularizarlas. Así fue que se formaron las escuelas.

La idea de cada escuela es hija de la necesidad de una época. Cada época ha necesitado desenvolverse de las que le han precedido, depurando los hechos, examinando las causas, y buscando en la observación la mayor cantidad de verdades, necesarias para ordenar el conjunto uniforme de la sociedad. ¡He ahí el gran trabajo del espíritu humano, La Civilización!

Trabajo sublime que no se realiza sino por medio de esfuerzos gigantescos, de grandes sacrificios, de un valor casi sobre humano, al cual sólo llegan ciertos hombres no sin gran postración, pero al que deben acercarse todos los demás, tanto por el deber en que están de ayudarse recíprocamente, cuanto porque la Ley universal que rige los destinos de los seres humanos, los arrastra hacia él, fustigándolos por medio de ciertas emociones que son otros tantos sentimientos imposibles de evitar.

En esa labor próspera y fecunda el hombre se trasforma en héroe, el héroe en mártir, y el mártir en Ángel de luz. Si hay alguno que al contemplar el escabroso camino de su perfeccionamiento vacile, más le valiera desistir de ser hombre.

En una época y en un día, día y época perdidos en la sucesión interminable del tiempo, apareció bosquejada imperfectamente en un número de hombres, una idea.

Los hombres desaparecieron sin dejar un solo recuerdo de quienes fueron ni como se llamaron; empero, la idea le sobrevivió, tampoco se sabe de que manera ésta se sostuvo; es más, como creció y formó más tarde un cuerpo de doctrina, dando lugar a que se le erigiese en escuela; pero escuela de principios tan universales, que aún después de estudiada y comprendida, nadie que se precie de criterio recto y de ilustrada razón, se atrevería a formar un juicio definitivo de su verdadera grandeza.

Esa escuela es la masonería, institución extendida universalmente como esas federaciones creadas por el profético genio de Pi Margal, y entrevistas en no lejano día por la mirada audaz del inmortal Víctor Hugo; institución, repetimos, que participa de todo lo grande, de todo lo bello que contiene la filosofía, porque así como ésta señala de un modo matemático las evoluciones del ser humano a través de sus realizados progresos, la masonería, determinando las grandes reacciones en la política y en la religión, acentúa el desenvolvimiento progresivo de las ideas, y pone en marcha a la humanidad en busca de esos grandes medios, hasta ahora desconocidos, que han de realizar su perfeccionamiento moral, intelectual y material.

En efecto: la masonería, orientándose en la esencia y forma de la ley natural, procura sacar a la humanidad del trillado camino del dogmatismo ortodoxo; quiere la libertad del entendimiento del hombre, de su conciencia, de su razón; y quiere igualmente esa libertad para todos los seres que lo rodean, porque la libertad supone igualdad de derechos, y esto es lo mismo que si dijéramos dignificación humana, pues los hombres aún son esclavos, y donde la esclavitud constituye un galardón social, ni puede haber civilización, ni progreso, ni estabilidad en las Leyes, ni orden en las cuestiones económicas, ni respeto a la personalidad: en una palabra, la anarquía del exclusivismo y el absolutismo se convierten en leyes de fuerza prepotente de las cuales se sirven unos hombres para humillar e incapacitar a los débiles. Y esto que por sí sólo es una violación del derecho individual, constituye además el mayor de los crímenes sociales.

Pues bien: comprendiéndolo así la masonería, ha procurado por los medios más persuasivos, y de los cuales también sabe disponer en los momentos oportunos, sin alterarse ni darlo a conocer siquiera por de pronto, corregir esos yerros que lastiman hondamente no tan solo la dignidad, sino también los intereses de todo un orden social; que después, por medio del titánico trabajo de la ilustración acabará por completo con ellos, haciendo que todos los hombres se reconozcan como hermanos y que como tales se amen y respeten.

De esta manera solemne, esa institución más grande por sus fines que todos los códigos llamados divinos, y aún más que las leyes preceptuadas por todos los legisladores conocidos, reasume el principio del bien universal por medio del amor y de la beneficencia, sin coartar de ningún modo el divino derecho del libro albedrio, don precioso que el Gran Arquitecto concedió al hombre para dignificarlo como correspondía, dada su aptitud en medio de los demás seres creados.

Los que desconozcan la escuela a la que pertenecemos se extrañarán, sin duda, al leer nuestras afirmaciones, y creerán que exageramos el juicio que se desprende precisamente de los hechos consumados; empero, vendrán a darnos la razón si tienen en cuenta que los hombres de todas las naciones, de todas las creencias religiosas, de todos los sistemas políticos y de todas las categorías sociales, forman en la masonería un cuerpo docente vinculado por los estrechísimos lazos de una fraternidad inviolable, de una moral purísima, y de una abnegación a toda prueba.

Además: basta observar el orden y armonía que presiden a todas esas obras que se ejecutan mediante su bienhechora influencia, para que desde luego, y sin necesidad de otras pruebas, se la reconozca como la más benéfica de todas las instituciones creadas hasta hoy.

Ella ha hecho confraternizar a los hombres divididos por razón de los exclusivos privilegio de las castas, que las religiones positivas hicieron nacer del seno de una misma sociedad, donde antes todos formaban una sola familia. Ella ha sido en todas ocasiones el baluarte inexpugnable donde los débiles oprimidos por las miserias humanas encontraron generoso amparo. Ella cerró para siempre las puertas de esas escuelas de viciosos extravíos, a los que se acogieron bajo su protectora influencia; y a las pasiones mal contenidas las abrieron de par en par a la sombra de la impunidad que la ortodoxia de las religiones les ofrecieron, y en donde, con frecuencia harto lamentable, sucumbieron y aun sucumben, lo mismo el adolescente joven que empieza la carrera de su vida rodeado de todos los medios de ilustración necesarios para ser útil a su familia y su patria, como el infeliz anciano que toca al ocaso de su existencia envuelto en la penumbra horrible de la ignorancia, madre celosa de todas las deformidades y de todos los vicios.

La masonería siempre recatada y pundonorosa, eludiendo todas esas manifestaciones entusiastas que pueden halagar la sensibilidad de ciertos hombres, ha marchado firme y decididamente trabajando en la obra cien veces secular, que lleva emprendida desde hace algunos centenares de siglos sin retroceder un momento; obra que, como dejamos dicho y repetiremos siempre, tiene por objeto la rehabilitación humana por medio de una justicia equitativa, y de una moral racional; por esto no es extraño que la generalidad, no conociendo sus laudables fines, la confunda con una de tantas sectas religiosas empeñadas en destruirse mutuamente, por ser una misma su índole y tendencias; o bien se la considere como una institución exclusivamente benéfica sin mas objeto que hacer la caridad entre sus mismos miembros.

¡El mendigo que cubierto de harapos, sin luz en sus ojos, convulso por el hambre, y tembloroso de vergüenza va de puerta en puerta extendiendo su mutilada mano en demanda de un pedazo de pan, que a menudo se le niega, es el inteligente obrero de ayer que contribuyó a levantar el suntuoso palacio del encopetado señor que lo ve pasar volviendo el rostro temeroso de contagiarse con tanta miseria!

La masonería no es un partido político; no es tampoco una secta como vulgarmente se ha creído; es más, pero mucho más que todo eso.

En sus relaciones con la moral es la escuela de la filosofía, porque estudiando a los hombres bajo su aspecto fisiológico, penetrando hasta el fondo de sus almas, y arrancando de ellas los inmutables principios de los deberes humanos, puede trazarles la amplia senda por la cual dirigirán sus pasos con acierto, sin exponerse a caer en las tenebrosas simas que se ocultan en el camino de la vida.

Con el concurso de sus conocimientos los dispone a penetrar en un orden de verdades reales y objetivas, tanto más hermosas, cuanto qué sin acudir a la razón ni a la experiencia, pueden comprobarlas en las mismas causas de que se desprenden, porque en la realidad de las cosas está la verdad, y la verdad en la masonería es el principio fundamental e indestructible de todas sus obras, de todos sus hechos.

En sus relaciones con la política es la escuelas de los grandes principios, porque a la luz de la ordenación establecida en las leyes naturales y divinas, forma el más recto criterio con la razón, y aunándolas a la voluntad del hombre, despierta el sentimiento de su justicia, única y sólida garantía del derecho, del bien común y de la libertad.

Ella es la que en medio de la corrupción de los gobiernos, y alzándose vigorosa y enérgica junto a las calamidades públicas, consigna en un día memorable para toda la humanidad y en una declaración solemne, los derechos naturales del hombre, derechos tanto mas inalienables y sagrados, cuanto que nacen de la soberanía del pueblo, que es el alma de toda nación.

Desde aquel hermoso día, la libertad y la razón han sido los luminares espléndidos que han esparcido su luz sobre la abatida frente de los seres humanos, hasta entonces esclavos de la tiranía, de la inmoralidad y la corrupción de los gobiernos que habían hecho de las leyes un objeto de utilidad propia.

En sus relaciones con la civilización es la escuela que ensancha los horizontes del hombre, guiándolo a través de las investigaciones científicas hasta los últimos límites del progreso humano, que debe ser en sustancia la perfectibilidad del espíritu.

Ella le muestra el conjunto inexplicable de todas las cosas creadas; somete a su consideración lo infinito que se levanta sobre su cabeza, y lo infinito que se extiende debajo de sus pies; luego corre a sorprender los misteriosos secretos de la naturaleza, para iniciarlo en las futuras conquistas del pensamiento que, ávido de encontrar verdades que destruyan su letal ignorancia, promueve ese movimiento universal que sin solución ni medida, lo envuelve todo en una aspiración generosa y siempre creciente, desde la simple arista que se mueve sin cesar en torno de sí misma, hasta los gigantescos mundos que mas allá de las regiones estelares ruedan en sucesión eterna e inalterable, en busca de su centro de perfección y grandeza.

Las deducciones, las hipótesis, las esperanzas de alas doradas y poderoso vuelo de que están llenas la mayor parte de las leyendas científicas, no tienen valor alguno bajo la penetrante mirada de la masonería. Su ojo escrutador, al que ninguna ilusión fascina, vela desde el fondo de la más pura razón, buscando la solución de los problemas donde se oculta la felicidad y el bienestar de la humanidad, sin caer jamás ni en la superstición de los que son indolentes, ni en el frío escepticismo de los que se sacrifican en la actividad constante de un trabajo estéril y superficial, que solo produce confusión y desorden.

En sus relaciones con el progreso es el término medio entre la suma de todas las perfecciones, porque coloca al hombre en actitud de ser con el Cristo, modelo de todas las virtudes.

Ella, instruyéndolo y alejándolo de las frivolidades del mundo profano, lo enseña a ser libre sin que llegue jamás a los extremos de la licencia. Lo hace grande sin que el orgullo y la torpe presunción desdoren un solo momento su carácter de hombre, título más que honroso cuando el ser humano sabe sostenerlo en el lugar que le corresponde. Lo hace humilde sin que nunca llegue a olvidarse de sí mismo para descender a la bajeza. Siempre justo, firme, severo, sumiso y valeroso, defenderá al oprimido, protegerá al inocente, estará al lado de los débiles sin que recuerde en ninguna ocasión los favores y servicios prestados, ni las ofensas e injurias que se le hayan inferido.

Por estas razones y otras más que damos al olvido, es que de su seno se han levantado esos generosos benefactores, que dando vida a los pueblos por medio del trabajo y siendo ejemplo de virtudes y de valor, se han conquistado un nombre imperecedero, un hombre nuevo, que la humanidad recuerda a veces con sincera y expresiva veneración.

Por último: la masonería elevando al hombre al pináculo de todas las grandezas morales y materiales, le ha devuelto su carácter divino que el Gran Arquitecto Del Universo imprimió sobre su frente, distinguiéndolo así de los demás seres creados.

Por tanto: la honrosa liberalidad que la distingue y enaltece en todas sus obras, si bien es verdad que puede ser un motivo para colocarla en la regia categoría de las instituciones profanas, no es razón objetiva para que exclusivamente se la considere como tal, ni mucho menos se haga alto en el abolengo religioso que la popularidad le ha dado por virtud de su carácter redentor, de su misión de paz y concordia humana, porque, como hemos dicho antes, su labor constante y grandiosa se extiende aun más allá. Y si no, veámosla frente a frente de los sistemas religiosos, regimenes despóticos y totalitarios. En otras palabras frente a frente al abuso de poder o de la fuerza que un individuo o un grupo social ejercen contra otros en que en inferioridad de condiciones se alzan contra gobiernos que se mantienen en el poder infundiendo terror en sus ciudadanos, y donde no existen oponentes ni oposición o porque aquellos que intentan rebelarse son eliminados por la fuerza a manos de organizaciones gubernamentales no democráticas como las dictaduras, que se caracterizan por obrar con suma tiranía.

 

LOS MASONES LIBERTADORES DE LOS OPRIMIDOS

 

Al concluir el siglo décimo octavo el aspecto social e intelectual de la humanidad había cambiado por completo. El movimiento operado durante dieciocho siglos por el dominio de la raza sacerdotal, empezó su efecto de decadencia y retrogradación, mientras que la masonería continuaba y continúa esparciendo a manos llenas su influencia benéfica por todas partes.

De las canteras de Alemania había salido un débil rayo de luz. El tallista, inconscientemente, al elevar el buril sobre la piedra había hecho saltar una chispa de fuego, y ese fuego se trasformó en flamígera estrella que, fijándose en el centro del espacio, marcaba un rumbo seguro al infeliz viajero de la tierra extraviado en ese laberinto sin fin, ante la duda y el temor.

Ya no eran los constructores de la edad media los que formaban la piedra angular para edificar una simple sociedad de hombres libres, que tenían necesidad de vincularse en la más íntima unión para defender sus comunes intereses y captarse las simpatías de los endiosados soberanos: No. El progreso destruyendo en gran parte las desigualdades de Castas; humillando enérgicamente el señorío jerárquico de la aristocracia, comenzaba su obra rehabilitadora, y al lado del humilde menestral aparecía el gran señor con el primer mallete en la mano, dispuesto a dirigir ese movimiento grandioso y omnímodo que ha conmovido al mundo moral y materialmente.

La luz se difundía. La decadencia moral y el relajamiento de los caracteres, que habían sido la consecuencia funesta legada a la sociedad como patrimonio de las escuelas religiosas y políticas del antiguo régimen, abandonaban su tradicional enervamiento y rebuscaban energías en el esfuerzo del trabajo.

Era necesario aquilatar a los hombres por medio de la civilización; era preciso infundir en la sociedad el sentimiento sublime de la abnegación, abrirle los ojos a la luz y hacerla comprender la necesidad de su redención. Es decir, levantar al hombre del estado de cosa hasta el de ser sociable, digno por todos conceptos de la consideración y respeto de los demás; desligar el pensamiento de las ruines trabas de un monopolio vergonzoso; hacer libre la conciencia, juez innato de nuestras acciones, la que cohibida por la ciega obediencia de una fe estrecha y mezquina, inclina al hombre a los vicios y crímenes más degradantes: en una palabra, era necesario estirpar del mundo la lepra moral que lo había sepultado en la fosa de la angustia y el dolor.

¿Y quién es el que inaugura semejante período de gloria? ¿De dónde procede ese genio audaz que de tal manera se atreve a soliviantar las ideas de un nuevo régimen, y atropellar con ellas el tradicionalismo de tantas épocas célebres?

Aunque los pueblos permanezcan subyugados por el imperio del despotismo, y la arbitrariedad los doblegue al último estado de abyección y servilismo, reside en ellos tal espíritu de exaltación de secular grandeza, que llegado un momento, basta un simple accidente, una variante cualquiera en las ideas para lanzarlos a la lucha, y, héroes o vencidos, conquistar con esfuerzo supremo los derechos que a su bienestar son necesarios.

Los tiranos permanecerán mientras los pueblos no lleguen a la apoteosis de la desesperación. Cuando ésta se realiza, un imperio, la más poderosa nación del mundo, vale tanto como una arista de paja en medio del más desenfrenado torbellino.

La virtud de la libertad es la más fecunda fuente de fe racional. Ella proporciona cuerpo a los caracteres más débiles; ella produce fuerzas allí donde la inteligencia más sagaz solo encontraría motivo de desconfianza; su convicción es ruda, algunas veces feroz, pero en todas ocasiones es firme, segura e indispensable. Llegada la hora de su transfiguración le anima todo, y hace marchar a un pueblo hambriento, desnudo, agonizante por el cansancio y la sed, hasta el calvario.

Y una vez en él, si cae triunfa. Si le martirizan triunfa. Si muere triunfa. En el estertor de la agonía decapita al tirano que le usurpa sus derechos; se reviste de inmarcesible lauro de gloria, y esa victoria le hace salir del sepulcro triunfante.

Tal es el poder que engendra la desesperación en el sentimiento de los pueblos avasallados por la ignorancia de los gobiernos.

Regularmente cuando esto sucede, cuando los pueblos se revisten de esa actitud digna y decidida, es porque la sociedad entra en cierto período de postración que es el anuncio de una muerte segura. Maltratados todos sus elementos de vida; estériles ya los medios que le habían servido hasta entonces para sostener la organización del mecanismo social, y sobre todo, la jerarquía de los poderes constituidos en forma de gobierno para mantener el equilibrio de las fuerzas económicas de una nación, la naturaleza de los acontecimientos hace indispensable renovar esos medios, sustituyéndolos con nuevos factores que correspondan a los términos reclamados por las necesidades del progreso.

En esos momentos solemnes, cuando toda la Europa y mucha parte de la América sienten sobre sí el peso fatal de una atmósfera candente; cuando los ruidos confusos y prolongados que producen las corrientes ígneas, anuncian que el volcán de las mal contenidas pasiones está próximo a estallar, aparecen en todas partes esos genios de fecunda actividad engendrados por el puro sentimiento de una escuela racionalista, desarrollada en el centro de los talleres masónicos que deben dirigir hacia el bien los torbellinos del despecho y de las mal encauzadas ideas.

Riego en España, Lafallete en Francia, Lincoln en los Estados-Unidos, Juárez en México, proclaman a una voz la inviolabilidad de los derechos del hombre, la soberanía de la libertad sobre los gobiernos reaccionarios; y el Contrato social que el filósofo de Ginebra, Juan Jacobo Rousseau formara para dar vida y sostén al carcomido trono de las monarquías, solo sirve para consolidar los cimientos de la democracia, y destruir el germen de esas dinastías autocráticas que han sido y son la degradación moral y material del género humano.

El absolutismo, esa gangrena social, soberbia de los hombres, maldición de los déspotas que los hace alimentar de sangre como si fueran hienas, había ido mermando la virilidad de las fuerzas sociales que en Europa y América se levantaban con notable pujanza. Allá en el viejo mundo el poder temporal y espiritual, pugnando por encerrar en la mano del sucesor de San Pedro las riendas del gobierno de todo un mundo.

En América la esclavitud de los hombres blancos y de los hombres de color, formando una mancha abominable en la historia de la civilización moderna.

Los gobiernos de las distintas naciones petrificadas ante esos desafueros de la razón, de la Ley y de las costumbres, inmóviles, sin valor moral ni material para oponerse a esos crímenes horrendos de lesa humanidad, dejaban que los acontecimientos siguieran el destino fatal que la ambición de los hombres se había empeñado en marcarle, formando de su indolencia, de su punible abandono, un horóscopo siniestro para la humanidad, y en el cual se verían inevitablemente envueltos ellos mismos.

Los poderosos señores, los altos dignatarios del Estado, apurando la última copa del festín en la misma mesa donde el Sumo Pontífice acepta la infalibilidad de un poder odioso para su carácter de mansedumbre y modestia, que como representante del más humilde reformador hubiera debido rechazar con toda la energía de su alma.

En América el látigo del cruel mayordomo caía sobre la espalda del infeliz esclavo que acababa de volver del ímprobo trabajo a que su humillación le había conducido: ¡Ni una sola esperanza en el horizonte de la vida para acabar con tamaña impudencia!

Las miserias humanas revisten a veces una aparente grandeza, necesaria para que las catástrofes que han de destruir las iniquidades, surjan sin violencia, y cumplan metódicamente su providencial trabajo.

Cuántos años hace que Italia, la primera nación del mundo por sus progresos y por sus conquistas, se veía doblegada de por el imperio del terror y del despotismo Almagávares, alemanes, güelfos y gibelinos, franceses y españoles, luchan por más de cuatro siglos para mantenerla sometida al imperio de sus poderes.

Los Papas la envenenan con el fanatismo. Los reyes y los emperadores la descuartizan llevándosela a pedazos entre sus ensangrentadas garras.

Tuvo sus hombres pensadores, profundos genios de las ideas; empero, esos hombres fueron débiles para comprender el valor de esa nación que dio al mundo el telescopio, la metafísica, un nuevo mundo, y otras tantas y tantas grandezas que la llenan de gloria y que por su debilidad la cubrieron de lágrimas.

Pero, como sí esos genios que se llamaron Mazzini, Cavour, Dante, Petrarca, Savonarola y Campanella descendieron desde lo alto para sacudir y romper la esclavitud de su patria, aparece Garibaldi, el sublime redentor de Italia, que inspirándose en el grandioso aliento de esos otros genios, extiende su vigorosa mano hacia los esclavos y los conmueve; les dirige la palabra y tornan a la vida. Los reúne, los manda; y como si fuera una embajada divina, toca a las puertas de la santa Ciudad, derroca al ídolo de carne que yacía sobre su trono inquieto y atolondrado, y establece la libertad, acabando para siempre con las injusticias de los privilegios que son el pan ácimo con que consagran los tiranos de todas las naciones.

El héroe de la independencia italiana dejó su nombre grabado en el corazón de sus conciudadanos, y a la Masonería la gloria inmarcesible de haberlo dirigido con sus profundas enseñanzas por el sendero del deber, infiltrando en su espíritu el sentimiento de la energía moral que dio a su dulcísimo carácter el calor vivificante para conservar en toda su pureza las salvadoras leyes de la democracia.

No menos grande aparece en las páginas de la historia el presidente de los Estados-Unidos Abrahan Lincoln, que aún sin llegar a ser masón (pidió el ingreso pero no llegó a iniciarse), si tuvo mucha relación con la masonería y fue el gran libertador de la esclavitud en la América del Norte.

En política las cuestiones más importantes son las cuestiones religiosas, porque la religión es, entre la humanidad, el punto capital de todas las ideas; de ella nacen todos los errores, y como consecuencia natural, a ella vuelven con todo su séquito de monstruosidad y desaciertos.

La igualdad evangélica que predicara un día Jesús en la cumbre del Tabor, y después de él y según sus respectivas escuelas, todos los los filósofos, moralistas, economistas, y político de todos los matices, solo ha servido de vana fórmula para ejercer mayor opresión sobre las masas indiferentes.

¿Quién hubiera creído que en esa República modelo de ilustración, de cultura y de libertad, pudiera mirarse con indiferencia una cuestión moral de tan gran importancia como lo es la esclavitud

¿Cómo es posible que un hombre sujete a otro bajo su dominio, lo envilezca azotándolo impunemente, lo ultraje y le sustraiga el producto de su trabajo, los afanes de su vida, el alimento y porvenir de sus hijos, sin que la opinión pública no quede avergonzada escandalosamente? ¡Acaso no murió el Cristo sobre el afrentoso patíbulo de una cruz, y consagró en ella para siempre la redención del esclavo! ¡No murió el Justo por la libertad de todos los hombres, de todos los pueblos, y de todas las naciones?

Empero, hemos de considerar que el Redentor enclavado en la Cruz y sellando con la sangre de su martirio la libertad de los pueblos, no hizo más que mostrarse en vivo ejemplo a la humanidad para enseñarla como había de conquistar sus derechos, y la manera de cumplir religiosamente sus deberes.

El gran espectáculo del Gólgota es el prólogo de una obra aun no escrita por el hombre, y esa obra es la historia universal del progreso y de la civilización de los moradores de la tierra.

Para llegar al desarrollo más completo de la verdad, y a la posesión completa de la justicia, es necesario una depuración absoluta de los sentimientos del hombre; y para lograr ese fin hay necesidad de luchar; luchas a veces encarnizadas y sangrientas; a veces simples combates de ideas; más estas luchas y combates habremos de sostenerlas hasta que rendidos de cansancio caigamos para no levantarnos más.

Lincoln acaba de mostrarnos un hermoso ejemplo de cómo se conquistaban las grandes victorias; de cómo es que se emancipan los pueblos de la odiosa servidumbre cuando la justicia y la libertad permanecen indiferentes a los agravios que una sociedad recibe de otra sociedad. Entonces, si es necesario que los tronos caigan, que sea; que la libertad se hunda, aplaudamos sin reservas. No debe haber ninguna razón, ninguna idea, ningún derecho, ninguna justicia que nos obligue a hincar la rodilla en el suelo para besar la mano que nos ultraja. Los fueros de la dignidad humana son sagrados y, por lo tanto, inviolables.

El humilde leñador de ayer que sabía, porque lo había sentido, las grandes fatigas que proporciona el rudo trabajo de los agrestes campos; que había luchado lo mismo que el infeliz esclavo contra la inclemencia del tiempo, contra los rigores de la naturaleza; corazón de ángel, genio fecundo como el de Napoleón para la guerra, alma virgen, espíritu audaz, comprendió que su patria caería desde un trono de luz a un abismo de tinieblas si se mantenían en vigor las leyes de la servidumbre de los hombres de color, y se propuso impedir la caida de su patria adorada.

No tardó mucho tiempo en presentársele una ocasión oportuna.

Algunos hermanos masones comprendiendo la grandeza de aquella alma desinteresada, se propusieron dirigir la opinión pública en su favor para colocarlo en la presidencia de la República.

Desde aquel instante todas sus ideas refluyen a su alma, y una alegría indescriptible se apodera de su ser embargado por el sublime propósito de quebrantar las cadenas del esclavo.

Ante esa colosal idea la República se extremece y vacila; pero él está allí, su amor es grande, su ternura inmensa. El furor de los filibusteros se enardece por momentos. Los comerciantes de carne humana llegan en su odio hasta la desesperación, pero él no cede. Se dirige a la multitud y la convence. Mantiene con rectitud enérgica dentro de sus principios, las riendas del gobierno de la República: llega el momento; su voz es más que elocuente, manda, y... un ejército de quince mil hombres sube a seiscientos mil. Una escuadra inmensa surge de los mares haciendo que a su vista el mundo se extremezca de admiración.

Los obreros dejan sus labores; los comerciantes cierran sus tiendas; los fabricantes sus fábricas; el transeúnte se detiene, pregunta y se apresta voluntario al combate. Y aquella multitud, alegre, decidida, con el heroísmo en el alma, llega a las orillas del caudaloso Mississippi a verter su generosa sangre por la redención del esclavo.

Lincoln preside ese ejército inmenso, lo contempla con solemne seriedad, piensa que aún es necesario sacrificar a unos seres para bienestar de otros, y... el ejército se precipita embriagado de entusiasmo a cumplir su gran obra de regeneración.

Las ultimas cadenas caen, y un grito de júbilo inmenso sale de todas partes. Las naciones del mundo admiran al libertador y lo aplauden con regocijo.

¡Lincoln confió en Dios y Dios premió su confianza dándole el triunfo!

Tal ha sido la obra de la Masonería; tales han sido sus triunfos sobre el despotismo y la soberbia de las castas, unir a todos los hombres bajo una misma bandera dentro de un solo templo, por LA FRATERNIDAD Y LA JUSTICIA.