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El Martillo de las Brujas o Malleus Maleficarum

«Hoy en día, cualquier turista puede visitar en los museos europeos y latinoamericanos y en castillos feudales abiertos al turismo, exposiciones públicas con los instrumentos de tortura usados por los inquisidores para interrogar y extraer una declaración de culpabilidad de sus víctimas.»

El Martillo de las Brujas, más conocido por Malleus Maleficarum, es una publicación realizada por dos monjes domínicos, los teólogos Heinrich Krämer, pseudónimo de Enrique Institoris y Jacob Sprenger, libro cuya fama ha cruzado varias generaciones en los últimos siglos, no por su profundidad literaria, virtudes u otros valores destacables como se pudiera esperar, sino justamente, por constituir el escrito más infame, cruel, inhumano y despreciable realizado nunca en toda la historia humana.

Tal publicación, avalada por sucesivos Papas de la iglesia Católica, Romana y Apostólica y también por los dignatarios de la Iglesia Protestante de la época, sirvió como Manual de Instrucción de los verdugos e Inquisidores y dio pábulo a la mayor caza de brujas de la historia por parte de la siniestra institución del Santo Oficio, autores materiales e intelectuales de los peores crímenes, las torturas más escalofriantes y los métodos más diabólicos de interrogatorio nunca antes vistos, a cientos de miles de seres humanos inocentes o quizás varios millones de ellos.

La estimación de los estudiosos del tema, referida solo a las mujeres muertas en estos eventos después de la publicación del Martillo de las Brujas, oscila entre 9 millones y ciento cuarenta mil mujeres sacrificadas por la Santa Inquisición durante los quinientos años de este triste y sanguinario período.

¿Por qué mujeres?; pués porque la Inquisición Vaticana fue expresamente pensada en la eliminación femenina, que en el concepto medieval, era para la curia, libertina y endemoniada, "La hembra, es más amarga que la muerte", decían... “Tienen el hábito de comer y devorar a los niños de su misma especie”, “causan el granizo y tempestades y rayos, y esterilidad en los hombres”, “echan al agua a los niños que caminan junto a las orillas”, “encabritan a los caballos”, “se transportan por el aire”, “despiertan horror en las mentes”, “practican la lujuria carnal con los demonios”… cada uno de los capítulos es un descarnado proceso descriptivo de lo que son capaces de hacer y de las más diversas formas de torturar para finalmente arrancar a las brujas la verdad.

De acuerdo a los autores del libro, las maldades cometidas por las brujas estan divididas en siete metodos mediante los cuales "infectan con brujería el acto venéreo y la concepción en el vientre obstruyendo la procreación": "Por inclinar a las mentes de los hombres a pasiones irregulares; mediante la extirpación de los miembros acomodados para esos actos; transformando a hombres en bestias mediante sus artes mágicas; mediante la destrucción de la fuerza generativa en las mujeres; mediante la ofrenda de niños al demonio."...

Ya antes, la historia registraba otras barbaries de la Iglesia Católica avalada directamente por su Sumo Pontífice y el brazo ejecutor de esa rama de la iglesia encargada del “trabajo sucio”, conocida como Santa Inquisición. Solo basta recordar la Bula del Papa Nicolás II en 1280, donde en un lenguaje procaz y amenazador y para nada piadoso o cristiano, se fijan las pautas de acción que terminaron en innumerables matanzas y crímenes contra poblaciones enteras de cataros y gentes que cometieron el grave delito de pensar diferente al catolicismo y denunciar públicamente los excesos de la curia, su lujo y ostentación así como las depravaciones y la vida disipada de sus dignatarios.

Esta dice: "Por este medio excomulgamos y anatematizamos a todos los herejes, Cataros, Patarios, Hombres Pobres de Lyon... y a todos los otros, cualquiera sea el nombre que tengan. Una vez condenados por la iglesia, ... Si alguno, después de ser apresado, se arrepiente y desea hacer penitencia, será encarcelado de por vida... Todos los que reciban, defiendan o ayuden a los herejes, serán excomulgados...," y si permanecen excomulgados por un año, serán finalmente "proscriptos" o "condenados como herejes. No tendrán derecho de apelación... Cualquiera que les de un entierro cristiano será excomulgado hasta que haga satisfacción propia. No será absuelto hasta que haya desenterrado sus cuerpos con sus propias manos y los haya arrojado de nuevo... "Prohibimos a todos los laicos discutir asuntos de fe católica; si alguien lo hace será excomulgado. Cualquiera que conozca herejes, o a aquellos que sostienen reuniones secretas, o a los que no se conforman en todo respecto a la fe ortodoxa, harán conocer esto a su confesor, o a algún otro que traerá la información al obispo o al representante de la inquisición. Si no lo hace, será excomulgado. Los herejes y los que los reciben, apoyan, o ayudan, y todos sus niños hasta la segunda generación, no serán admitidos para un oficio eclesiástico... Los privamos ahora de todos los beneficios mencionados para siempre. "

Es fácil observar la prepotencia del lenguaje, la soberbia vaticana y la autoridad que ostentaba el Papado sobre Reyes y Estados, donde estas Bulas eran prácticamente Decretos Oficiales de cumplimiento obligado, que debían realizarse a rajatabla, sin importar fronteras ni leyes propias de esos estados, so pena a ser excomulgados por la Iglesia Católica, gravísima sanción que dejaba al trasgresor automáticamente en la condición de hereje, es decir al margen de la iglesia y en condición de ser juzgado y condenado a la hoguera sin mas trámite.... En aquel entonces, la herejía era la negación de un auto de fe, que además se reafirmaba en la persistencia a seguir cometiendo tal “error”. Dentro del orden social que perseguía una Iglesia Católica absolutista y vengativa, los herejes eran considerados como vulgares traidores a la convivencia cristiana y enemigos sociales peligrosos que era necesario eliminar..

Ya la excomunión en si, era un elemento de presión y de chantaje muy usado por la jerarquía eclesiástica en esos tiempos de exacerbada religiosidad. Significaba que el castigado no sería salvo y que su destino era morar para siempre en el infierno, terrible destino que nadie quería experimentar.

Obsérvese, que desde tempranos tiempos, la iglesia, por intermedio del Santo Oficio no condenaba a nadie a muerte. Por una sutileza del derecho inquisitorial, entregaba a los condenados a la justicia civil, "los relajaba al brazo secular”, es decir, la iglesia arrestaba, interrogaba y dictaba sentencia y el Tribunal ajusticiaba, una figura muy conveniente, que ha sido usada en el presente por la Iglesia y por aquellos historiadores y sociólogos católicos empeñados en minimizar las responsabilidades históricas del Vaticano, sea porque estaban convencidos de ello, o porque luego de su declaración les esperaba un decanato, una rectoría o un empleo en alguna universidad de las miles de propiedad del Vaticano en todo el mundo.

En la Edad Media, como en la Antigüedad Clásica, casi todo el mundo creía en brujos y demonios. A pesar de las olas sucesivas de puntos de vista racionalistas, persa, judío, cristiano, musulmán y del posterior fermento revolucionario social, político y filosófico, la existencia, gran parte del carácter e incluso el nombre de los demonios, se mantuvo inalterable desde Hesíodo hasta las Cruzadas.

No es de extrañar entonces que de antiguo, un sector de la iglesia tenía la obsesión de erradicar los cultos “paganos de los brujos y hechiceras”, enemigos naturales de Dios y los creyentes católicos, quienes además, como aún suele suceder hasta nuestros días, eran sumamente supersticiosos y creían a pies juntillas, tanto en los encantamientos como en los milagros. Y por supuesto había habido muchos intentos de sacerdotes fundamentalistas que buscaban la forma de eliminar esta “competencia desleal” de los llamados brujos populares, compuestos por comadronas, yerbateros, adivinadores, echadores de suerte, parteras, gitanos……


El monje carmelita francés Jean Bodin, había escrito con relativo exitoso su “Démonomanie des Sorciers”, (Demonomanía de los Brujos), quién llegó a recomendar que para infundir a las brujas el temor de Dios se utilizaran cauterios y hierros al rojo vivo con el fin de “arrancarles la carne putrefacta”. Ideas parecidas era expuestas en textos anteriores tales como el Formicarius en 1435 y el Praeceptorium, de Johannes Nider, prior domínico. El más conocido de los “martillos” reformistas fue escrito por Benedict Carpzov, principal perseguidor de la brujería en Sajonia, que tenía por título Practica Rerum Criminalum. Años después de su muerte, su contemporáneo Philipp Andrea Oldenburger, renombrado abogado del siglo 17, crítico de la Inquisición, dijo que Carpzov firmó más de 20.000 sentencias de muerte de herejes y brujas. Uno de sus escritos causó la ira de la autoridad eclesiástica y llevado bajo arresto fue condenado a comerse íntegramente el texto. Además, en el intertanto era azotado y flagelado, con órdenes de no detener el castigo hasta que se comiese la última migaja de papel.

Pero fue a raíz de que el Papa Inocencio VIII publicase en Estrasburgo su Bula "Summis Desiderantes Affectibus", conocida también como “Bula Bruja” y mayormente como “Canto de Guerra del Infierno”, el 9 de diciembre de 1484, dirigida según el Pontífice, a subsanar los errores que el Tribunal del Santo Oficio había cometido en torno a los procesos de brujería, cuando se dieron las condiciones para iniciar el horror del medioevo.. Para tal efecto el Papa, a porfía de la opinión contraria de varios de sus consejeros, decidió derogar el Canon Episcopi del año 906, donde la Iglesia sostuvo por siglos que creer en brujas era una herejía.

En esta Bula el pontífice decía: "Ha llegado a nuestros oídos, que miembros de ambos sexos no evitan la relación con ángeles malos, íncubos y súcubos, y que, mediante sus brujerías, conjuros y hechizos sofocan, extinguen y echan a perder los alumbramientos de las mujeres. Además de generar otras muchas calamidades”... En dicho documento, Inocencio VIII se refería a un amplio catálogo de prácticas “brujeriles” que debían ser erradicadas y otorgaba un permiso especial a los “queridos hijos” Heinrich Krämer y Jacob Sprenger para proceder con absoluta libertad y contundencia a multar, detener, torturar y castigar, incluso con la pena máxima, a aquellas personas –generalmente mujeres– cuyas prácticas fueran sospechosas de demoníacas.

En este contexto apareció el Malleus Maleficarum, “el libro más funesto de la historia literaria”, conocido popularmente como “Martillo de los Brujos” o “Hexenhammer”, en inglés.

La bula Summis Desiderantes fue el “vamos” que necesitaban los ejecutores de la Inquisición para dar forma a estas recomendaciones y técnicas propias de mentes enfermas, incoherentes, retóricas y pedantes que fueron tenidas en cuenta durante siglos como códigos para torturar y asesinar a personas inocentes, mayormente creyentes pero también supersticiosos, pero no más que sus verdugos.

Con la autorización de la máxima instancia político-religiosa de su tiempo, los inquisidores tenían vía libre para provocar una de las mayores masacres de la historia humana.

Publicado en 1486 y teniendo como prólogo la mencionada Bula Papal, el éxito del Malleus Maleficarum fue instantáneo, erigiéndose como fuente de inspiración de todos los tratados posteriores sobre el tema, tanto del sector religioso, como de la banda de aduladores, intelectuales católicos y conservadores, filósofos e historiadores, insensatos de gran ignorancia, que aceptaban este tenebroso ajuste de cuentas del vaticano con sus enemigos seculares.
Llegó a ser tan popular, que vendió más copias que ningún libro en la historia aparte de la Biblia, hasta 1678 en que se publicó El progreso del Peregrino de John Bunyan.

Incluso humanistas como Desiderio, Erasmo, y Tomás Moro, creían en brujas. «Abandonar la brujería -decía John Wesley, el fundador del metodismo-- es como abandonar la Biblia.» William Blackstone, el célebre jurista, en sus Comentarios sobre las Leyes de Inglaterra (1765), afirmó: "Negar la existencia real de la brujería y la Hechicería, equivale a contradecir llanamente el mundo revelado por Dios, en varios pasajes tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento”.

En doscientos años hubo 29 ediciones del libro que se agotaban rápidamente, convirtiéndose el Malleus en el libro de cabecera de jueces y gobernantes, de autoridades civiles y religiosas, así como de todos aquellos que entre los siglos XV y XVIII, vivían obsesionados con el demonio, las brujas, los nigromantes y los espíritus del mal que moraban entre ellos , a quienes los curas y los monjes, convertidos en oráculos y poseedores de la verdad divina, exigían desde todos los púlpitos e iglesias de Europa y sus colonias, que estos herejes fueran denunciados por el aterrado pueblo, separados de sus familias para ser purgados de sus pecados y herejías, so pena de ser excomulgados si no atendían esta necesidad divina.

Krämer y Sprenger explicaban que la intención del libro era poner en práctica la orden que emanaba directamente de las Sagradas Escrituras de perseguir la magia, en concreto los versículos 22,17 del Exodo que sentenciaba: “A la hechicera no dejarás con vida”.

Alguno de sus párrafos: “Las brujas conjuran y suscitan el granizo, las tormentas y las tempestades, ofrecen a Satanás el sacrificio de los niños que ellas mismas no devoran, y, cuando no, les quitan la vida de cualquier manera. Claro está que en esos casos se trata casi siempre de niños aún no bautizados. Pueden también trasladarse por los aires de un lugar a otro; son capaces de embrujar a los jueces y presidentes de los tribunales, como lo son de conseguir mediante hechizos un inviolable silencio propio y de otros acusados en la cámara del tormento; saben infundir en el corazón de quienes se disponen a descubrirlas una angustia paralizante, y tienen, por último, poder para penetrar las cosas secretas y aún para predecir muchas cosas futuras con la ayuda del diablo”.

“Los ojos de estas mujeres tienen la virtud de ver lo ausente; entre sus artes está la de inspirar amor desatinado, según su conveniencia; cuando ellas quieren, pueden al saludarlas dirigir contra una persona descargas eléctricas y hacer que las chispas le quiten la vida, así como también pueden matar animales por otros varios procedimientos. Saben concitar los poderes infernales para provocar la impotencia en los matrimonios y llegan a herir o matar con una simple mirada. En una palabra: pueden estas brujas originar un cúmulo de daños y perdición. Todas tienen en común, así las de superior categoría, como las inferiores y corrientes, la facultad de llegar en su trato carnal con el diablo a las más abyectas y disolutas bacanales”

Algunas de las recetas del libro para conseguir la confesión de las brujas: “Escríbanse las siete palabras que Cristo pronunció en la cruz en unas cuantas tarjetas, cosiéndolas unas a otras, para que juntas den la medida de la estatura de Cristo. Una vez hecho esta, como cosa fácil que es, enróllense estas cadenas de tarjetas al cuerpo desnudo de las brujas. La experiencia ha demostrado que esos seres nefastos se sienten entonces extrañamente inquietos y abrumados, y propicios, por tanto, a la confesión. Pero si con todo esto, se obstinasen en guardar silencio o en negar su culpabilidad, puede recurrirse a la intimidación de un largo y duro encarcelamiento, hasta quebrantar su contumacia. Y todavía queda el recurso extremo” (…)

Estas peligrosas chifladuras del Martillo de las Brujas, deja meridianamente clara la condición misógina de los autores, la enfermiza visión del cristianismo sobre la sexualidad humana, el fanatismo supersticioso imperante y lo brutal que iba a resultar la persecución a las mujeres. Las "marcas del diablo" se encontraban "generalmente en los pechos o partes íntimas", según el libro de 1700 de Ludovico Sinistrani. Como resultado, los inquisidores, exclusivamente varones, afeitaban el vello púbico de las acusadas y les inspeccionaban cuidadosamente los genitales.
Además, se aseguraba en este Maleficarum, que los Inquisidores actuaban desinteresadamente y solo buscando la verdad para salvar un alma endemoniada para el cielo. No podían equivocarse. Las confesiones de brujería que se conseguían, no podían basarse en alucinaciones o en intentos desesperados de satisfacer a los inquisidores para detener la tortura.

En este caso, explicaba el juez de brujas Pierre de Lancre (en su libro de 1612, en su Descripción de la Inconstancia de los Angeles Malos), la Iglesia Católica estaría cometiendo un gran crimen por quemar brujas. En consecuencia, los que plantean estas posibilidades y sospechan procedimientos incorrectos atacan a la Iglesia y cometen ipso facto un pecado mortal. Por lo tanto, se castigaba a los críticos de las quemas de brujas y en algunos casos, también ellos morían en la hoguera. Los inquisidores y torturadores realizaban el trabajo de Dios. Estaban salvando almas, aniquilando a los demonios.

El término Caza de Brujas es muy usado en la actualidad. Significa buscar algo que no existe. Una sospecha infundada de alguien que tiene la porfía de afirmar que el hecho es verdadero, a pesar que todo su entorno comprueba que ello es falso.

Quizás este vocablo, junto a la versatilidad de los monjes domínicos y franciscanos, para inventar sofisticados instrumentos de tortura y de muerte, sean los únicos legados que persisten de la actividad de la Iglesia Católica, Romana y Apostólica durante el oscurantismo medieval, en que recrearon su infierno en la tierra. En la última ejecución judicial de brujas en el siglo XVI en Inglaterra, se colgó a una mujer y a su hija de nueve años. Su crimen, debidamente calificado y sancionado por un Inquisidor, fue provocar una tormenta por haberse quitado las medias.

Pueden leer o descargar El Malleus Maleficarum, El Martillo de las Brujas, aquí.
http://www.scribd.com/doc/8406125/Malleus-Maleficarum